Yesenia Martell autora del libro Un Grito en París sobre liderazgo ambiental

“Our house is falling apart and our leaders need to start acting accordingly.”

“Nuestra casa se está desmoronando y nuestros líderes deben empezar a actuar en consecuencia”

Greta Thunberg

Yesenia Martell y el libro Un Grito en París: Liderazgo ambiental global

Greta Thunberg cruzaba el Atlántico como si el océano fuera una página aún no escrita, un espacio suspendido entre la culpa y la posibilidad. La embarcación avanzaba lenta, impulsada no por la velocidad sino por una obstinación ética que parecía más antigua que el viento. Desde Europa había partido con la gravedad de quien sabe que el mundo no se salva con discursos, sino con desplazamientos concretos del cuerpo.

En cubierta, el aire salado le golpeaba el rostro como una advertencia persistente, mientras en su interior navegaba otra geografía: la de los ideales que no admiten descanso. Hacia el horizonte americano, hacia Trujillo, la costa aún invisible se volvía símbolo antes que destino, una línea imaginada donde el océano dejaba de ser distancia para convertirse en responsabilidad. Y en ese tránsito, Greta no parecía avanzar sobre el mar, sino sobre una conciencia colectiva que finalmente había decidido moverse.

¿Quién es Yesenia Martell? Trayectoria y compromiso ambiental

A veces uno no sabe bien si es el mar el que llega primero o si es ella, Greta Thunberg, deslizándose en ese velero que parece dibujado a lápiz sobre el Pacífico, acercándose a Trujillo como quien no quiere hacer ruido pero termina diciéndolo todo; porque basta que pise la orilla para que el aire cambie, como si alguien hubiera pronunciado demasiado alto aquello de “¿cómo se atreven?” y la frase quedará suspendida, mezclándose con el olor a sal y a redes húmedas.

Y entonces, casi sin transición, aparece Yesenia Martell —porque en estas historias las personas no llegan, simplemente están—, alta, de tez blanca, con esa mirada profunda que no mira sino que atraviesa, como si detrás de cada cosa hubiera otra más verdadera; hay en ella una inteligencia que no se explica, que sucede, como sucede el mar cuando decide avanzar un poco más de la cuenta. Tal vez no se digan nada, o tal vez sí, pero no importa demasiado: el diálogo parece darse en otro lado, en esa especie de intervalo donde las palabras famosas y los silencios precisos se rozan, y uno siente que algo —no exactamente el mundo, pero algo muy parecido— está a punto de cambiar de lugar sin pedir permiso.

En una franja costera de América Latina, donde el océano ya no sigue los ritmos que dictaban las generaciones anteriores, Yesenia Martell camina cada mañana entre restos de redes, plásticos arrastrados por la marea y embarcaciones que salen cada vez menos. Su trabajo no empezó como activismo, sino como necesidad: documentar lo que estaba cambiando frente a sus ojos. Hoy lidera encuentros comunitarios, coordina limpiezas costeras y presiona a autoridades locales para que respondan a una crisis que, para su comunidad, dejó de ser futura. “El mar ya no nos habla como antes”, suele decir, resumiendo en una frase lo que los datos científicos tardan páginas en explicar.

El impacto de Un Grito en París en la diplomacia climática

A miles de kilómetros, Greta Thunberg continúa siendo una figura central del movimiento climático global, conocida por sus discursos en foros como Naciones Unidas y por haber movilizado a millones de jóvenes. Sin embargo, en lugares como este, su influencia se percibe más como un punto de partida que como una solución. Líderes locales como Yesenia han tomado ese impulso global y lo han traducido en acciones concretas: monitoreo comunitario de especies, educación ambiental en escuelas rurales y campañas para reducir la contaminación costera. La escala es distinta, pero la urgencia es la misma.

Los océanos de América Latina enfrentan presiones crecientes. La contaminación por plásticos, la sobreexplotación pesquera y el aumento de la temperatura del agua están alterando ecosistemas enteros. Según organizaciones ambientales, estas transformaciones ya afectan la seguridad alimentaria y los ingresos de millones de personas en la región. En este contexto, el trabajo de figuras como Yesenia adquiere relevancia no solo ambiental, sino también social: su liderazgo articula a comunidades que dependen directamente del mar y que ahora deben adaptarse a cambios acelerados y, muchas veces, irreversibles.

BioAction: La iniciativa de Yesenia Martell para el cambio global

Mientras Greta escribe libros y ofrece discursos respaldados por datos científicos y plataformas internacionales, Yesenia construye su narrativa en espacios más inmediatos: reuniones comunitarias, radios locales y talleres con pescadores. Sus “discursos” no suelen ser grabados ni difundidos globalmente, pero tienen un impacto directo en quienes la escuchan. En esa diferencia se refleja una dinámica clave del activismo climático actual: la conexión entre lo global y lo local. Si Greta ha logrado que el mundo mire hacia la crisis climática, son voces como la de Yesenia Martell las que están mostrando, día a día, cómo esa crisis se vive y se enfrenta sobre el terreno.

París, en primavera, tiene esa manera casi secreta de revelar las cosas sin mostrarlas del todo: los árboles apenas insinuando su verde, el Sena arrastrando reflejos fragmentados, las conversaciones suspendidas en terrazas donde el tiempo parece doblarse sobre sí mismo mientras conecta con Trujillo.

En ese escenario, lejano y a la vez íntimamente conectado con América Latina, la figura de Juliana Yesenia Martell Ortiz se impone con una discreción que no necesita ruido: abogada de formación, docente universitaria por vocación y magíster en Gestión Pública por convicción, su trayectoria no se deja encerrar en una sola definición, como si cada una de esas dimensiones fuera apenas un punto de partida para algo más amplio.

Recuerdo con nitidez aquella jornada en Lima, durante el Foro Mundial de Naciones Unidas por la Paz, organizado por el periodico Le Journal Diplomatique, cuando Yesenia Martell tomó la palabra y, sin elevar la voz, logró algo que no es frecuente en ese tipo de escenarios: imponer silencio. No era un silencio protocolario, de esos que obedecen al programa, sino uno más denso, casi expectante, como si la sala entera hubiese reconocido en su intervención una forma distinta de autoridad.

Hablaba de medio ambiente, de desarrollo, de responsabilidad compartida, pero lo hacía sin refugiarse en el lenguaje técnico que suele blindar estos discursos. Había en su manera de exponer una claridad que desarmaba, una convicción que no necesitaba adornos, experiencia en campañas afirmativas desde acciones contundentes de protección ambiental en su territorio.

Mientras la escuchaba, pensé que su fuerza no residía únicamente en lo que decía, sino en la coherencia visible entre su palabra y su trayectoria, en esa rara cualidad de quienes no parecen improvisar un papel, sino continuar una historia que empezó mucho antes de ese instante.

Con el tiempo, comprendí que aquella intervención en Lima no era un hecho cotidiano, sino parte de un recorrido que había cruzado fronteras y contextos, desde cumbres en Argentina con la ODM y el Congreso de Paraguay hasta otros espacios de diálogo en Iberoamérica, donde su voz fue adquiriendo una resonancia propia, reconocible.

En cada uno de esos encuentros, según fui reconstruyendo, Yesenia Martell mantenía esa misma línea: una insistencia en vincular lo global con lo inmediato, lo institucional con lo humano, como si se negara a aceptar la distancia entre ambos. Y al evocarlo ahora, desde la perspectiva que dan los años —y las ciudades que median entre una memoria y otra— tengo la impresión de que su paso por tan importantes foros no fue simplemente el de una ponente más, sino el de alguien que entendía, con una lucidez poco común, que las palabras en esos espacios solo adquieren sentido cuando son capaces de sobrevivir fuera de ellos, cuando logran, de algún modo, transformar la realidad que las espera al otro lado de la sala.

Hay en Yesenia Martell una forma de persistencia que remite a los aprendizajes tempranos, a esa infancia atravesada por la conciencia ambiental inculcada en el hogar, donde el cuidado de la tierra no era un discurso sino una práctica, casi una ética cotidiana; y es quizá desde allí que su recorrido adquiere coherencia, como si cada decisión posterior —la ley, la gestión, la enseñanza— no fuera más que una prolongación de ese primer asombro ante la vida compartida con otros.

Pero no se trata solo de una vocación íntima, sino de una voluntad de intervención en lo real. Yesenia Martell ha trabajado en los pliegues —a veces invisibles— del Estado, en la administración pública donde las normas prometen más de lo que alcanzan, donde la modernización avanza con la lentitud de lo posible.

En la academia, su voz se desplaza hacia otro registro: el de la formación, donde el Derecho deja de ser un conjunto de códigos para convertirse en una herramienta moral, en una pedagogía de la responsabilidad que utiliza para proyectar su liderazgo.

Y en paralelo, como si necesitara abrir un espacio menos condicionado por las estructuras formales, funda BIOACTION, una organización que no se piensa como proyecto individual, sino como un gesto colectivo, una invitación a reconstruir el vínculo entre sociedad y naturaleza en un tiempo que parece haberlo olvidado, donde su relevancia internacional es fundamental ante fenómenos como el cambio climático.

Esa misma lógica de continuidad —más que de ruptura— la conduce hoy hacia la política, no como un salto, sino como una consecuencia. Desde su rol como directora internacional de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible en la ODM, Yesenia Martell ha extendido su campo de acción hacia escenarios globales, promoviendo iniciativas que buscan reconciliar crecimiento, responsabilidad social y protección de los recursos naturales.

Y es desde ahí, desde esa intersección entre lo local y lo global, que asume el desafío de representar a los peruanos dentro y fuera del país, consciente de que la migración no es solo un fenómeno estadístico, sino una experiencia de desarraigo y de búsqueda. En su discurso —que evita la grandilocuencia pero no la convicción— aparece una idea persistente: la de una diplomacia ambiental capaz de traducirse en acciones concretas, en políticas que no se queden en la abstracción, en formas de cuidado que atraviesen fronteras.

Como esta primavera parisina que no termina de afirmarse y, sin embargo, transforma todo lo que toca, la trayectoria de Yesenia Martell parece moverse en ese umbral donde la incertidumbre no paraliza, sino que empuja a seguir, a insistir, a construir.

París tiene una manera particular de imponer distancia. No solo geográfica —que ya es considerable cuando se piensa en Lima—, sino también emocional. Aquí, donde las estaciones parecen obedecer a una lógica antigua y las instituciones funcionan con una precisión casi invisible, América Latina se vuelve, por momentos, una idea lejana, casi abstracta. Y, sin embargo, basta una conversación para que esa distancia se quiebre.

Pienso en eso cuando inició esta entrevista con Yesenia Martell.

No la conozco personalmente. Su voz llega a través de una conexión que, como tantas cosas hoy, acorta los kilómetros pero no elimina del todo la sensación de lejanía. Aun así, desde las primeras palabras, hay algo en el tono de Yesenia Martell —una mezcla de firmeza y serenidad— que sugiere que su historia no se ha construido en la improvisación, sino en una continuidad silenciosa.

Le digo, con una sinceridad que no suelo exagerar, que me siento honrado de entrevistarla. No es una fórmula de cortesía: en tiempos donde el discurso público suele estar dominado por la estridencia, encontrar una voz que parte de la convicción íntima resulta, al menos, inusual.

Quiero empezar por el origen, le explico. No por la candidatura ni por la coyuntura electoral, sino por ese punto inicial en el que una vida comienza a orientarse sin saber todavía hacia dónde.

Yesenia Martell escucha con atención. Agradece brevemente, sin detenerse en formalidades, y responde:

“Para mí, el interés por el cuidado ambiental nace de una sensibilidad. No es algo que haya aparecido de pronto, sino que siempre ha estado ahí.”

Mientras habla, tengo la impresión de que no está construyendo un relato, sino recorriendo una memoria.

Yesenia Martell no habla del medio ambiente como quien enumera un conjunto de problemas, sino como quien describe una relación.

“Creo que el cuidado ambiental está directamente ligado a la salud. Si no hacemos algo, si no proponemos iniciativas o no generamos conciencia, vamos a terminar siendo una sociedad enferma.

La afirmación no es retórica. En la manera en que Yesenia Martell la enuncia hay una convicción que no necesita énfasis.

Continúa, como si afinara su propia idea:

“A veces se piensa que el cuidado del planeta es solo un tema legal, de normas, de regulaciones. Pero en realidad es una preocupación por la continuidad de la vida. Por el ser humano, por su permanencia en la sociedad. Por evitar que desaparezca.”

Desde París, donde las discusiones ambientales suelen traducirse en políticas públicas bien estructuradas, ese enfoque resulta distinto: más esencial, más urgente.

Entonces aparece la primera escena de su historia.

Yesenia Martell habla de su padre.

“Vengo de un hogar donde este tema siempre estuvo presente. Mi padre es ingeniero de minas, con doctorado y maestría en gestión ambiental. Desde siempre nos inculcó esa conciencia.”

La figura paterna no aparece como una anécdota, sino como una influencia formativa.

“Desde niños entendimos que cuidar el entorno no era opcional.”

Pero hay otro elemento que Yesenia Martell introduce con una claridad casi inevitable: el Perú.

“Nosotros tenemos una biodiversidad increíble. Los bosques, el clima, la naturaleza… somos un país privilegiado. Entonces, ¿cómo no involucrarse en su cuidado?”

La pregunta queda abierta, aunque en su caso parece no admitir respuesta alternativa.

Yesenia Martell insiste en esa idea con una naturalidad que revela hasta qué punto forma parte de su manera de entender el mundo:

“Desde niña, a través de mi familia, entendí que el cuidado del planeta es la protección de la vida. No solo la humana, sino también la de todas las especies que cohabitan con nosotros.”

Hay algo en esa palabra —cohabitan— que sugiere una visión menos jerárquica, más integradora.

Avanzo entonces hacia el siguiente momento de su trayectoria, ese en el que la sensibilidad se convierte en acción.

Le pregunto por su elección profesional, por la decisión de estudiar Derecho.

Yesenia Martell no duda:

“Elegí la abogacía porque me interesa poder establecer políticas que contribuyan al desarrollo de la sociedad.”

La respuesta podría parecer convencional, pero rápidamente se desplaza hacia un terreno más concreto.

Yesenia Martell habla de su paso por la administración pública, de su trabajo en la Superintendencia Nacional de los Registros Públicos.

“Trabajé como coordinadora registral y como analista de proyectos. Esa experiencia me permitió ver de cerca la realidad del Estado peruano.”

La frase no necesita adornos.

“Hay muchos temas pendientes. Por ejemplo, existe una ley para implementar el gobierno electrónico, pero todavía no se ha logrado una aplicación completa. Hay una brecha entre lo que se establece y lo que realmente se cumple.”

Yesenia Martell no dramatiza, pero tampoco minimiza.

“Eso afecta directamente a los ciudadanos.”

Luego introduce otra dimensión de su trayectoria: la docencia.

“He sido docente universitaria, y es algo que me apasiona.”

En ese punto, su tono cambia ligeramente, como si encontrara un espacio de mayor cercanía.

“No se trata solo de enseñar derecho. Se trata de formar personas. De transmitir valores que permitan que los ciudadanos sean cada día mejores.”

La idea de formación —no solo académica, sino ética— aparece como un eje constante en el discurso de Yesenia Martell.

Es en ese cruce entre derecho, gestión pública y educación donde surge su iniciativa más concreta fuera del ámbito institucional.

“La asociación BioAction.”

Yesenia Martell la menciona sin énfasis, casi como una consecuencia natural.

“Es un espacio abierto a todos los ciudadanos que quieran participar de manera voluntaria para generar conciencia ambiental.”

By Unidad Investigativa

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