Durante años, la conversación global sobre el cambio climático se ha concentrado en la transición energética, la reducción de emisiones y las grandes obras de infraestructura. Sin embargo, para millones de familias en América Latina y el Caribe, la primera línea de defensa frente a una inundación, un huracán o una ola de calor no es una represa ni un dique: es la vivienda donde viven.

Ese es el punto de partida de un nuevo análisis presentado por Hábitat para la Humanidad Internacional, que advierte que la vivienda continúa siendo uno de los aspectos más relegados dentro de las políticas climáticas, pese a que alrededor de 120 millones de personas habitan actualmente en asentamientos informales en la región, muchos de ellos ubicados en zonas altamente expuestas a fenómenos meteorológicos extremos.

La paradoja resulta evidente. Mientras los efectos del calentamiento global se intensifican en una de las regiones más urbanizadas del planeta, la mayoría de las estrategias nacionales de adaptación apenas consideran el lugar donde las personas pasan la mayor parte de su vida.

Un estudio que examinó 188 planes nacionales de acción climática concluyó que únicamente 11 países reconocen explícitamente a los asentamientos informales como una prioridad dentro de sus estrategias de adaptación y mitigación. La cifra contrasta con una realidad global en la que más de 1.100 millones de personas viven en barrios precarios.

La limitada atención también se refleja en el financiamiento internacional. Según el informe, apenas 7 % de los recursos climáticos mundiales se orientan al mejoramiento progresivo de viviendas y barrios informales, pese a que estas intervenciones representan una de las formas más directas de reducir la vulnerabilidad de millones de personas frente a los desastres naturales.

“En América Latina y el Caribe, hablar de adaptación climática sin hablar de vivienda significa dejar fuera de la conversación a millones de familias”, afirma Ernesto Castro García, vicepresidente para América Latina y el Caribe de Hábitat para la Humanidad Internacional.

SANTA CRUZ, HONDURAS (1/26/17) — German Hernandez Avilez (blue shirt), who grinds corn for a living, is raising his two grandchildren, 9-year-old Jobeth (red shirt) and 6-year-old Josue (white shirt), in a new community of Habitat homes. “I was dreaming what it would be like to own my own house. Dreams come true,” German says. Habitat Honduras bought land from the government, which is seeking ways to make homeownership a reality for more families. Habitat for Humanity Honduras participates in Habitat’s Solid Ground program, with the goal of changing land policy and systems to ensure that more people around the globe have access to land for a decent home. © Habitat for Humanity International/Ezra Millstein

“La vivienda constituye el primer refugio frente al calor extremo, las lluvias intensas y los desastres naturales, pero aún no recibe la atención que merece dentro de la planificación ni del financiamiento climático”, sostiene.

Más que un techo, los especialistas proponen entender la vivienda como una infraestructura esencial de adaptación.

Una casa resiliente no depende únicamente de la calidad de sus materiales. También influyen el terreno sobre el que fue construida, el acceso al agua potable y la energía, la posibilidad de evacuar con rapidez, el manejo del entorno inmediato y la capacidad de mantener condiciones habitables durante una emergencia.

Cuando una vivienda logra resistir un fenómeno extremo, las consecuencias trascienden el patrimonio material. Las familias tienen mayores posibilidades de conservar sus ingresos, permanecer en sus comunidades, evitar desplazamientos forzados y reducir las interrupciones en la educación de los niños.

El concepto incorpora además principios de diseño bioclimático que buscan aprovechar las condiciones naturales del entorno. La orientación frente al sol, la ventilación cruzada, el aislamiento térmico, la protección solar, la vegetación y el tamaño de las ventanas permiten disminuir las temperaturas interiores y reducir el consumo energético sin recurrir necesariamente a tecnologías costosas.

En muchos casos, incluso pequeñas mejoras progresivas sobre viviendas existentes pueden incrementar significativamente la resistencia frente a los eventos climáticos extremos.

Diversos proyectos desarrollados por Hábitat para la Humanidad muestran cómo estas soluciones ya producen resultados concretos en distintos países de la región.

En El Salvador, viviendas diseñadas con sistemas de ventilación pasiva han conseguido disminuir hasta dos grados centígrados la temperatura interior de los hogares, mejorando el confort térmico sin aumentar el consumo eléctrico.

En Chiapas, al sur de México, el proyecto Lekil’Na —cuyo nombre significa “vivienda sustentable” en lengua tzotzil— integra criterios ambientales, sociales y culturales. Cada vivienda incorpora 232 kilogramos de RESIN8™, un material fabricado a partir de plásticos no reciclables, además de contar con certificación EDGE, respaldada por el Grupo Banco Mundial.

En Honduras, viviendas elevadas sobre pilotes demostraron su eficacia cuando resistieron las inundaciones ocasionadas por los huracanes Eta e Iota, aproximadamente diez años después de haber sido construidas.

Mientras tanto, en Trinidad y Tobago, el trabajo conjunto con diez comunidades costeras permitió capacitar a más de 600 habitantes y desarrollar un índice de vulnerabilidad costera destinado a fortalecer la preparación comunitaria frente a futuras emergencias.

Los proyectos comparten una conclusión: no existe una única solución para la resiliencia habitacional. Cada territorio exige respuestas adaptadas a sus condiciones climáticas, culturales, económicas y geográficas.

Para Hábitat para la Humanidad, el desafío ya no es únicamente técnico sino político.

La organización sostiene que gobiernos nacionales, organismos multilaterales, bancos de desarrollo y entidades financieras deberían incorporar la vivienda como un componente central de la acción climática.

Ello implicaría integrar los asentamientos informales en los planes nacionales de adaptación, ampliar los recursos destinados al mejoramiento progresivo de viviendas, fortalecer la planificación territorial y actualizar las normas de construcción de acuerdo con los riesgos específicos de cada región.

También significaría garantizar que las soluciones lleguen a las familias de menores ingresos, precisamente aquellas que suelen enfrentar una exposición mucho mayor a inundaciones, deslizamientos y olas de calor, mientras cuentan con menos recursos para reconstruir sus vidas después de una catástrofe.

“La resiliencia no comienza después del desastre”, resume Castro García.

“Comienza antes, cuando una familia puede habitar una vivienda segura, adaptada a las condiciones climáticas de su territorio y conectada con los servicios básicos que necesita. Integrar la vivienda dentro de la acción climática significa proteger vidas, preservar el patrimonio familiar y ampliar las oportunidades de desarrollo.”

En un contexto donde los eventos climáticos extremos se vuelven cada vez más frecuentes e intensos, el informe plantea una pregunta que comienza a instalarse entre urbanistas y responsables de políticas públicas: si la vivienda es el primer refugio frente al cambio climático, ¿por qué continúa siendo una de las últimas prioridades dentro de las estrategias globales para enfrentarlo?

By Unidad Investigativa

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