Una mañana con la escritora colombiana Rocío Morales-Broy comenzó frente a un café en la Biblioteca de Hamburgo y terminó en el Instituto Cervantes. Entre ambos lugares quedaron las calles de la ciudad y la memoria de una familia expulsada de los Sudetes después de la Segunda Guerra Mundial.

Por Daniel Fernando Mejía Lozano
Hamburgo, Alemania
El café todavía echaba humo cuando Rocío Morales-Broy comenzó a hablar de la guerra. Estábamos junto a los ventanales de la Biblioteca de Hamburgo y afuera la mañana tenía esa luz gris del norte de Alemania que parece quedarse suspendida sobre los edificios. Pasaban bicicletas, se escuchaba a lo lejos algún tren y la ciudad comenzaba otro día sin preguntarse demasiado por sus muertos. Sobre la mesa estaba La otra orilla del río Eger. Rocío puso una mano sobre el libro y entonces Hamburgo desapareció durante algunos minutos.
Regresamos a los Sudetes, a la antigua Checoslovaquia, a los años en que Europa acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial y la paz todavía tenía el aspecto de una catástrofe. Las bombas habían dejado de caer, pero millones de personas seguían buscando una casa, un familiar, un tren, cualquier camino que permitiera empezar nuevamente. Entre ellas estaban los alemanes de los Sudetes, poblaciones que después de la derrota del nazismo fueron expulsadas de territorios donde sus familias habían vivido durante generaciones. La guerra había terminado para los ejércitos. Para muchos civiles apenas comenzaba el desarraigo.
De ese mundo vienen Frieda y su madre, Amelia, los personajes alrededor de los cuales Rocío construye su novela. No hay generales sentados alrededor de una mesa ni grandes discursos sobre vencedores y vencidos. Hay algo más pequeño y, por eso mismo, más doloroso: una familia que debe marcharse. Una casa que queda atrás. Una maleta donde nunca cabe todo. La incertidumbre de quien cruza una frontera sabiendo que posiblemente jamás regresará.
Rocío hablaba despacio. El café comenzó a enfriarse mientras me explicaba que la historia había llegado hasta ella a través de la familia de su esposo alemán. Había escuchado recuerdos, reconstruido episodios y comprendido que las guerras poseen una segunda vida dentro de las familias. Sobreviven en fotografías, silencios y nombres de pueblos que alguien continúa pronunciando aunque ya no pueda volver a ellos. Muchos años después, una escritora colombiana decidió convertir aquellos fragmentos en literatura.

Su propia vida parece hecha de fronteras. Colombia fue el comienzo. Después vinieron España, Bruselas y finalmente Hamburgo. Son migraciones completamente distintas de aquella expulsión que relata en su libro, pero existe una experiencia que solo comprende plenamente quien ha vivido lejos: la casa puede continuar existiendo aunque uno ya no viva en ella. A veces cabe en un acento, una comida, una fotografía guardada durante años. O en una historia familiar que espera a que alguien se siente a escucharla.
Terminamos el café y salimos. Hamburgo estaba fría y limpia. Caminamos entre edificios de ladrillo mientras Rocío llevaba el libro bajo el brazo. Había bicicletas apoyadas contra las fachadas, gente entrando en los comercios y trenes que aparecían y desaparecían con puntualidad. Seguimos hablando de Frieda. Entonces pensé que no era posible escoger una ciudad mejor para aquella conversación. Hamburgo también conoció el fuego. Fue bombardeada, perdió barrios enteros y tuvo que levantarse nuevamente sobre sus ruinas. La ciudad que recorríamos era también una sobreviviente.
Las ciudades, sin embargo, tienen una ventaja sobre las personas: pueden construir encima de sus heridas. Una fachada nueva puede ocultar un edificio destruido. Un café puede abrir donde alguna vez hubo escombros. Los árboles vuelven a crecer. Con los seres humanos ocurre algo distinto. La memoria permanece debajo de todo.
Por eso el río Eger parece mucho más que un accidente geográfico en la novela. Es una línea entre dos vidas. De un lado están la casa, la infancia y lo conocido; del otro, el camino y la obligación de comenzar otra vez. Cruzarlo significa salvarse, pero también aceptar que algo queda definitivamente atrás. Rocío escribió sobre esa otra orilla porque comprendió que el verdadero desplazamiento no se mide en kilómetros. Se mide por aquello que una persona no consigue llevar consigo.
Seguimos caminando hasta que apareció el Chilehaus, enorme y oscuro, con su proa de ladrillo apuntando hacia la ciudad como un barco que nunca terminó de partir. Allí funciona el Instituto Cervantes de Hamburgo. La imagen parecía preparada para la historia: después de una mañana hablando de migraciones y fronteras llegábamos a un edificio con forma de barco llevando un libro que había viajado entre continentes.
Entramos con La otra orilla del río Eger. Una novela escrita en español por una colombiana sobre la memoria de una familia alemana desplazada desde la antigua Checoslovaquia llegaba ahora a una institución dedicada a la lengua española en Alemania. Colombia, los Sudetes, Alemania y España cabían de pronto entre dos tapas.
Rocío entregó el ejemplar para su donación.
Fue un gesto breve. Apenas unos minutos.
Pero aquel libro había necesitado casi un siglo para llegar hasta allí.
Primero tuvo que existir una guerra. Después una familia perdió su tierra. Los sobrevivientes conservaron la memoria. Pasaron los años y las generaciones. Una colombiana llegó a Europa, conoció aquella historia a través de la familia de su esposo, decidió escribirla y finalmente caminó una mañana por Hamburgo para dejarla convertida en literatura en el Instituto Cervantes.
Cuando salimos, la ciudad seguía igual. Los trenes continuaban pasando y alguien probablemente ocupaba ya nuestra mesa en el café de la biblioteca. Pensé entonces en Frieda mirando por última vez aquello que dejaba atrás. No podía saber que muchas décadas después una mujer nacida al otro lado del Atlántico recogería su historia.
Quizá allí reside la verdadera fuerza de La otra orilla del río Eger. No pretende explicar una guerra. Intenta impedir que una vida desaparezca dentro de ella.
Rocío Morales-Broy había cruzado el Atlántico. Frieda había cruzado su frontera. El libro había atravesado generaciones.
Y aquella mañana en Hamburgo, después del café, las calles y tantos años de silencio, la memoria finalmente encontró su otra orilla
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